martes, 10 de diciembre de 2013

GRIS



Gris from Mancha Extraña on Vimeo.

“Para uno que creció en un pueblo la ciudad es como una boca grande que se abre en frente… Yo nunca voy a terminar de adaptarme” Me dijo  un amigo hace unos meses mientras esperábamos el B14 de Transmilenio. Él desconocía que yo también  había crecido de un pueblo. Es más; ni siquiera en un pueblo; la mayor parte de mi infancia y adolescencia transcurrieron en el campo, en una de las tantas fincas por las que ha pasado mi familia.

Escarbando ¿escalando? mi árbol genealógico, no encuentro un solo ancestro conocido que no estuviera ligado al campo. Doña Rosa y don Israel con su hacienda en Santa Bárbara, don Cristóbal y  doña Magdalena que llegaron de algún lado quemando el monte, para luego repartir la tierra conquistada por el fuego entre sus 15 hijos varones. Don Lorenzo y la plantación de maíz donde a los cinco años vio morir a su padre desangrado. La misma plantación donde espero a que su papá volviera por cinco años. La misma que seguramente veía cuando gritaba “¡Papá Aníbal!” antes de morir hace ocho años.
Doña Lilian mi abuela materna, que tuvo que evitar que don Neftalí, mi abuelo (Analfabeta, rico y vicioso) vendiera el pequeño terreno que quedaba de una gran hacienda. Don Gregorio que subió de la tierra caliente para conocer a mi abuela y  que con su liquidación compraría un terreno en una montaña alejada de todo.
Así es, antes de mi generación ningún miembro de mi familia ha dejado el campo. Mi abuelo lo intentó cuando los Salesianos se lo llevaron a la fuerza a estudiar electrónica en Bogotá junto con otro grupo de muchachos. Sin embargo mi abuelo dice que “La tierra llama”; una vez terminado sus estudios regresaría a Belmira para olvidar lo aprendido y  sembrar, el mayor placer que para él puede existir.
Mi papá también lo intentó en los setenta. La onda hippie había llegado tarde a Bel mira. El decidió que no quería trabajar para nadie y comenzó a caminar hacia el sur. Nadie con el que haya hablado sabe hasta donde llegó o que  hizo ese tiempo. Lo único que sé con certeza es que 10 años después volvería se establecería en una pequeña finca desde donde se divisaba el río Cauca, se casaría con mi mamá y nunca más pensaría si quiera en abandonar sus fincas.
Hace tres años ya que yo dejé El campo. Mi abuela me dice que debería devolverme, que el futuro está en la tierra junto a mi papá. Mi abuelo le dice que tenga paciencia que tarde o temprano la tierra me terminará llamando como hizo con él hace 50 años.

La verdad es que el llamado del que habla mi abuelo debe ser cada vez más débil, tres de sus hijos ahora viven en Medellín y una de sus 27 nietos ya nació rodeada por el ruido de los carros y se asusta cada vez que ve una vaca. Incluso mi papá que alguna vez escuchó el llamado, ha decidido que Sofía su última hija nazca en la ciudad. En parte teme a los comentarios de la gente que lo conoce, en parte siente que allá estará más segura. La verdad es que en un par de días yo volveré a Medellín a descansar de la rinitis que me causa el frío y a extrañar el olor a pino que tiene mi casa. También se irá mi bisabuela, que seguramente morirá alejada de su finca, pensando que frente a su edificio pasa “una camino real”. Los dos volveremos con la picazón en la nariz que causa el cambio de clima y el smog, Vamos a volver con esa sensación de haber perdido algo que sin importar lo que hagamos somos incapaces de recuperar.

sábado, 29 de junio de 2013

Clavos.

Clavos. by Mr Strangestain
Clavos., a photo by Mr Strangestain on Flickr.
Cuando era pequeño mi papá tenía tres caballos Coral, Candelaria y Moro, a Candelaria la recuerdo especialmente porque nació el mismo día que yo... o al menos eso me decía mi papá. Mi papá quería bastante a sus caballos, Candelaria murió el año pasado de cuenta de "una masa en el anca izquierda"... así llama mi papá al cáncer.
El caso es que don Arcángel, mi papá, no dejaba que los trabajadores herraran a sus caballos y lo hacía el mismo. Para él ellos eran muy bruscos y él no quería un caballo cojo. Con cuidado ponía la herradura y comenzaba a clavar los seis clavos que atravesaban el casco del caballo, que para mi sorpresa no se movía. Al final sobresalían unas pequeñas puntas que mi papá cortaba con unas tenazas.

Apenas terminaba yo que aún no entendía porqué a los caballos no les dolía que les enterraran clavos en sus patas, le pedía prestado el martillo, recogía las puntas que el había cortado y las clavaba donde pudiera: una tabla en el piso, un poste, una estaca, un día decidí clavarlas en la pared y me llevé un buen regaño... Hace poco en el museo en el que trabajo, me dieron muchos clavos para clavar en la pared.

Recordar no deja de parecerme algo extraño, pareciera que el niño de las puntillas y el hombre, o lo que quiera que sea, que estaba clavando los clavos en el museo fueran otros.

Nube/ Cloud

Nube/ Cloud by Mr Strangestain
Nube/ Cloud, a photo by Mr Strangestain on Flickr.
Hace un par de años me dí cuenta, que como en las caricaturas, tengo mi propia nube que me sigue a todas partes mientras hace llover sobre mi cabeza. Al principio era un poco triste saber que nunca iba a estar completamente seco, pero una forma "Byroniana" de ver el mundo haría que me sintiera feliz de tener mi propia nube. Ahora sé que esa nube no me hace tan especial... en este momento otros cien mil cerebros deben agradecer estar mojados por su propia nube.